El guitarrista favorito de los guitarristas. En una nueva presentación en Argentina, Yngwie Malmsteen confirmó su status de mito dentro del selecto grupo de héroes de las seis cuerdas.
Celebrando sus cuatro décadas como la vara más alta en el terreno del virtuosismo dentro del rock instrumental y el heavy metal, el legendario músico y compositor sueco desplegó este jueves en el teatro Gran Rivadavia todo su arsenal. En 90 minutos arrolladores, repasó una carrera que cuenta con 21 discos solistas de estudio y que lo posicionan en un lugar único.
Delante de una pared de más de 20 amplificadores Marshall, Malmsteen esconde un secreto. Su sonido y su apariencia es metalera, pero su música es clásica. Si quitamos la distorsión y moderamos el volumen, los presentes en las butacas del tradicional teatro de avenida Rivadavia estarían presenciando a un Paganini moderno.
Las escalas y arpegios que inundan la sala a toda velocidad tienen en el “violinista del diablo” del siglo XIX la principal fuente de inspiración. Así lo ha explicado el propio Malmsteen, que reconoce como sus grandes influencias a los clásicos como Bach, Vivaldi, Tchaikovsky y Mozart. Por eso no suena como ningún otro guitarrista: su técnica es la de un violinista llevada a una Fender Stratocaster.

Lo que diferencia al sueco de sus pares como Steve Vai, Joe Satriani, o sus predecesores como Richie Blackmore o Jimi Page, es que su camino fue forjado en el núcleo de la historia de la música clásica europea. Su virtuosismo no proviene del blues o el jazz, como en la mayoría de los guitarristas de rock.
Es así que este metal neoclásico traza un recorrido intenso y emotivo que abarca gran parte de su discografía, con algunos guiños y tributos a sus guitarristas más admirados que hacen participar más a un público que está presente más para escuchar que para cantar o corear riffs.
Con partes del legendario solo de Brian May en Bohemian Rhapsody (Queen), y un cover de Smoke on the Water (Deep Purple); Malmsteen demuestra que a pesar de haber construido un estilo propio que se separa de todos sus colegas, igualmente los aprecia y admira.
A lo largo de un setlist frenético que supera las 25 canciones, el guitarrista transita distintos pasajes de su historia y legado musical. Pasada la primera hora, se siente como un concierto entero por la cantidad y densidad de música absorbida.
Quedan todavía 30 minutos más en los que Malmsteen además presenta nuevos temas, canta, y recorre detalladamente los matices, colores y sombras de sus composiciones.
Yngwie Malmsteen es un dios de la guitarra. Pero un dios en el sentido nórdico: imperfecto, humano, con grandes virtudes y habilidades mágicas que lo distinguen de los simples mortales. Con su strato como arma, volvió a conquistar la imaginación del público porteño.
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