Lo que parecía un argumento de series de ficción se convirtió en realidad: Japón está buscando una segunda capital que sirva de respaldo en caso de que un desastre natural de grandes dimensiones suceda en Tokio.

El concepto de capital secundaria también busca aliviar la excesiva concentración de personas y recursos en Tokio y fomentar el crecimiento y el desarrollo regional, ya que en el área metropolitana de la capital habitan casi 40 de los 122 millones de japoneses, lo que la convierten en la segunda más grande del planeta detrás de Yakarta (Indonesia).

Entre las candidatas, las prefecturas de Osaka y Hokkaido toman la delantera tras la aprobación por parte de los legisladores japoneses del proyecto de ley que designa al menos una ciudad más como capital de reserva.

La iniciativa se basa en la preparación ante desastres. Solo en 2026, Japón se ha visto golpeado por fuertes terremotos, graves tifones y nevadas récord.

Aunque el país cuenta con una de las infraestructuras más probadas frente a catástrofes del mundo, la medida pretende garantizar que el Gobierno pueda seguir funcionando incluso si Tokio sufre un desastre natural o una emergencia.

Todo ello llega después de que el Gobierno haya estimado que existe alrededor de un 70% de probabilidades de que un terremoto de magnitud siete sacuda el área metropolitana de Tokio en los próximos 30 años.

Luchar contra lo que la ley denomina «sobrerconcentración» en Tokio es también una prioridad, con planes de inversión en instalaciones gubernamentales, conexiones de transporte y ventajas fiscales en las zonas candidatas a capital secundaria.

Retrofuturismo y tradición

A tan solo dos horas en el tren bala Shinkansen desde Tokio, Osaka es la tercera ciudad más poblada de Japón. Su tamaño, su oferta cultural y gastronomía son solo algunos de los principales atractivos de la esta gran metrópoli portuaria famosa por su animada vida nocturna y la amabilidad de sus habitantes (mucho menos protocolares que sus pares de Tokio).

El corazón de la ciudad es Dotonbori, donde late el ritmo de la ciudad hasta altas horas de la noche. El “Times Square” de Osaka se destaca por su canal y las vertiginosas fachadas iluminadas que cubren los edificios, estética nacida del optimismo japonés que reinaba en una época en la que el neón se presentaba como la tecnología del futuro. La zona conserva la atmósfera retrofuturista perfecta para los turistas que buscan la imagen típica del Japón más urbano.

Entre todos los carteles de neón se destaca la mascota no oficial de Osaka, el Glico Man, un enorme cartel de neón que se erige sobre el puente de Dotonbori y representa a un hombre que corre por una pista azul. Glico, la compañía japonesa de alimentación que produce Pocky y Pretz, colocó el cartel publicitario en 1935. En la actualidad, es uno de los lugares preferidos por turistas y locales para inmortalizar su visita al barrio.

Luego de la foto obligada corriendo junto al Glico Man, se pueden probar todas las especialidades locales, como el iwa okoshi, un dulce inflado elaborado a base de mijo que se remonta al año 1185. Otros clásicos de Osaka son las tortitas saladas okonomiyaki y, para los más aventureros, el takoyaki, bocados de pulpo rebozado.

Según Dragonpass, una plataforma global de ventajas para viajes y estilo de vida, la reputación de la ciudad por su comida callejera le ha valido el apodo de «la cocina de Japón«.

Lejos de la mesa, las luces de la torre Tsutenkaku brindan además a los visitantes vistas panorámicas desde su mirador.

Además de futurismo, Osaka tiene una profunda conexión con el pasado imperial de Japón. El  icónico Castillo de Osaka (inmortalizado incluso en emojis) fue construido entre 1583 y 1598 por Toyotomi Hideyoshi, quien reunificó Japón en 1590 después de un siglo de guerra civil. Su régimen fue sustituido en 1603 por el shogunato de Tokugawa, situado en Edo (Tokio). El último de la saga Toyotomi se suicidó en el castillo cuando se incendió en 1615.

El castillo actual es una reconstrucción hecha por Tokugawa para sustituir al castillo de Hideyoshi. El castillo estaba bajo el control directo del shogun. Sus enormes fosos dobles y muros de piedra intimidaban a los posibles invasores. Esta historia se sigue celebrando y recordando, ya que la caída del castillo se corresponde con el comienzo del período Edo, un período de paz y prosperidad para Japón.

De la novela a la realidad

La idea del hundimiento de Tokio y la necesidad de un plan de contingencia para Japón fue planteado ya en 1973 por el escritor Sakyo Komatsu en su novela «Japón de hunde«.

La premisa tiene mucho de ciencia y algo de ficción. Japón se encuentra sobre la zona de confluencia de cuatro grandes placas tectónicas: la del Pacífico, la Filipina, la Euroasiática y la Norteamericana. En el vértice del llamado Anillo de Fuego del pacífico, una de las regiones sísmicas y volcánicas más importantes y activas del mundo, la isla nipona está en permanente estado de alerta por catástrofes naturales.

En 2011, tras el terremoto y tsunami de Tohoku, ciudades como Ishinomaki sufrieron hundimientos.

La novela de Komatsu tiene numerosas adaptaciones: la película realizada el mismo año dirigida por Shiro Moritani, una adaptación a manga escrita por Takao Saito y publicada en Weekly Shonen Champion en 1973–74, un drama televisivo de TBS y Toho transmitido en 1974–75, una nueva versión cinematográfica en 2006 de Shinji Higuchi, la serie de anime Japan Sinks: 2020 (Netflix) y la más reciente reversión, Japan Sinks: People of Hope. (2021, también disponible en Netflix).

En esta última adaptación, una de las primeras discusiones que se da a nivel político es la posibilidad de mudar Tokio ante su inminente hundimiento. Quienes se oponen argumentan que la alta concentración del poder político y económico en la capital fue uno de los factores que permitieron la impresionante reconstrucción de Japón luego de la Segunda Guerra Mundial.

La verticalidad, orden y disciplina en el nuevo modelo corporativo nipón fueron clave para posicionarse como una potencia económica en tan solo un par de décadas luego de la destrucción completa en 1945, en una isla que ha sabido reconstruirse una y mil veces a lo largo de su historia.

Hoy las discusiones pasaron de las hojas de papel al parlamento, y Japón se prepara para un plan B para que no haya catástrofe que lo tome desprevenido.


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