Los clásicos resisten el paso del tiempo, los límites geográficos y las coyunturas en que se interpretan. Podemos volver a ellos una y mil veces buscando respuestas para distintas épocas.
El estreno en el Teatro Alvear de “Esperando a Godot” (1952) de Samuel Beckett ofrece una nueva oportunidad para recorrer los caminos de lo absurdo de la existencia en el aquí y ahora de la Buenos Aires en 2026.
Este clásico universal del teatro del siglo XX se presenta con dirección de la dramaturga y directora española Helena Pimenta y un elenco notable que integran Daniel Aráoz, Luis Ziembrowski, Osvaldo Santoro y Pablo Seijo.
Pimenta, quien cuenta con una trayectoria de más de cincuenta espectáculos y fue la primera mujer en liderar la Compañía Nacional de Teatro Clásico de su país, regresa a Buenos Aires donde en 2013 presentó una recordada puesta de La vida es sueño de Calderón en el Teatro San Martín.
Al referirse al trabajo que presenta ahora, la directora destacó que “montar Esperando a Godot en Buenos Aires es un sueño cumplido que dialoga con el presente, pues sus jirones de vida de los años 50 le hablan al mundo de hoy. Beckett apela a que el ser humano no se deje destruir, usando la combinación de gravedad y humor para resistir al dolor”.
En un mundo contemporáneo dominado por la ansiedad de la sobreinformación permanente, resulta hasta terapéutico poder desconectarse dos horas para ver pasar la nada por delante. Mientras esperan a un tácito Godot, los protagonistas Estragón y Vladimir matan el aburrimiento con diálogos existenciales que no llevan a ningún lado.
En ese espacio negativo donde lo más importante es lo que no sucede, el vacío existencial da lugar a la reflexión, la escucha, la creatividad. Todo eso que hoy está atrofiado por la sobre estimulación permanente de pantallas ubicuas y conexiones 24/7.
Y ahí radica el desafío más importante para la audiencia contemporánea: contemplar la nada durante 120 minutos y suspender la adicción a la información en la que estamos sumergidos. Daniel Aráoz, que le pone toda su capacidad para el absurdo y el humor a Estragón, afirma que la obra “por momentos es insoportable, pero es una metáfora de la realidad y del mundo”.
Por su parte, Luis Ziembrowski (Vladimir) se mostró desafiado por el proyecto, asumiendo que, cuando se trata del teatro del autor irlandés, “siempre implica iniciar un camino que nunca se sabe cómo va a terminar”.

Y ahí están junto al árbol Didi y Gogo, en esa misma calle Corrientes donde unas cuadras más adelante están inmortalizados Álvarez y Borges, la dupla magistral que en encarnaron Alberto Olmedo y Javier Portales los años ’80; haciendo del tiempo muerto en una sala de espera una rutina magistral del humor absurdo y el sinsentido de la rutina.
Rompe la monotonía la aparición de los dos personajes complementarios, Pozzo (interpretado por Osvaldo Santoro) y Lucky (Pablo Seijo). El monólogo de este último inunda de información caótica la sala, como si fuera un presagio de un autómata movido por inteligencia artificial pensado hace 70 años; y despierta el primer gran aplauso de la noche.
En el segundo acto la comedia se repite como angustia. El absurdo se codea con la locura, y la noche cae nuevamente pero con un tono mucho más oscuro.
Cuando llega el final, son muchas más las preguntas que las respuestas. El escenario despojado de elementos y la perseverancia de las dos figuras que esperan un porvenir que nunca llega quedan dando vueltas como metáfora de la existencia cotidiana; a la que cada vez menos nos animamos a mirar a los ojos.
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