Kafala: El sistema de esclavitud que sostiene el boom deportivo en Qatar

Kafala es el nombre con el que se conoce al sistema de contratación por “esponsoreo”, vigente hace décadas en la mayoría de los países árabes del Golfo Pérsico, y que a partir de los grandes eventos deportivos a realizarse en Qatar ha llamado la atención internacional.

El sistema kafala es un marco legal que le da a ciudadanos particulares y compañías un completo control sobre el trabajo y la vida de los trabajadores migrantes, aprovechando la creciente demanda de mano de obra barata a partir del boom de la construcción y el sector de servicios movilizados por las mega competencias internacionales.

Este mes la FIFA confirmó los tres estadios que albergarán los partidos del próximo Mundial de Clubes, que se celebrará en Qatar en febrero de 2021 y servirá como prueba piloto previa al Mundial de Fútbol que el emirato petrolero realizará en 2022.

El auge deportivo en este pequeño país que ostenta el PBI per cápita más alto del mundo se acompaña por un crecimiento exponencial en la industria de la construcción, que trabaja a destajo para poder finalizar la infraestructura necesaria para hospedar eventos internacionales de gran envergadura: hoteles, transporte público (que incluye un sistema de subterráneos a estrenar en Doha), y por supuesto, estadios.

El Estadio Internacional Khalifa abrió sus puertas en 2017, y tuvo su debut en las grandes competiciones con el Mundial de Atletismo de 2019, que le sirvió al Estado catarí como ensayo general para organizar un evento deportivo de escala global.

Los otros dos escenarios se inauguraron este año: el Estadio Ahmad Bin Ali el 18 de diciembre (Día Nacional de Qatar) exactamente dos años antes de que el país anfitrión albergue la final de la Copa Mundial de la FIFA; y el Estadio Ciudad de la Educación en junio.

Pero esta expansión de lujo y modernidad arquitectónica que atraviesa hoy el pequeño país del Golfo se sostiene en un sistema de explotación laboral que muchos definen como una forma contemporánea de esclavitud. La palabra prohibida que nadie quiere pronunciar al hablar del furor deportivo en Qatar: kafala.

Doha: el espejismo de la abundancia

Doha es un espejismo de abundancia cuya imagen icónica es la futurista skyline de coloridos rascacielos del distrito West Bay, al norte de la capital catarí. Una escenografía vacía y sin vida, donde los edificios más altos y lujosos de la ciudad albergan oficinas y hoteles 5 estrellas para la élite local.

El 90% de la población de Qatar reside en Doha, pero apenas el 20% de los habitantes del país son nativos. El otro 80% se conforma de trabajadores extranjeros provenientes en su mayoría de la India, el sudeste asiático y el norte de África.

Los casi 2 millones de trabajadores inmigrantes en Qatar representan alrededor del 95% de la fuerza laboral. Son ellos quienes están levantando la infraestructura, hoteles y estadios e impulsando el sector de servicios; pero no comparten el éxito económico local ni su estilo de vida hiper moderno. Ubicados al sur de la ciudad, trabajan más de 12 horas diarias y son explotados en condiciones laborales propias de la servidumbre medieval.

Gracias al sistema kafala, los trabajadores migrantes sufren en Qatar todo tipo de abusos. Desde incumplimiento en el pago de salarios hasta la prohibición de cambiar de empleador y la retención de sus pasaportes, al menos 60 empleadores y empresas en Qatar violan los derechos laborales elementales.

El sistema define la relación entre un trabajador inmigrante y su empleador local, o “sponsor” (kafeel); quien cubre los gastos de traslado desde el país de origen y provee alojamiento, casi siempre en “campos de trabajo” con habitaciones compartidas. El periódico británico The Guardian reportó que el salario medio de los obreros empleados en la construcción de los estadios cataríes fue de 55 dólares semanales.

Vivir y recorrer las calles que rodean la estación de metro Msheireb, la de ómnibus Al Ghanim, y todo el primer anillo urbano que rodea el centro turístico de la ciudad, es trasladarse a la pobreza de Bombay o Daca en apenas 10 cuadras. Viviendas precarias sin las instalaciones sanitarias necesarias, trabajadores de la construcción cenando a la medianoche en la vereda sin siquiera haberse quitado la ropa de trabajo (que parece ser la única que tienen), y callejuelas que sirven de drenaje para las sobras de los locales de comida india y pakistaní.

El distrito de Mushaireb se encuentra a 5 minutos a pie de las principales atracciones turísticas de Doha: el Souq Waqif (una suerte de falso mercado antiguo con intento de callejuelas medievales donde se concentra la gastronomía y el comercio para el turismo), el puerto de barcazas de madera, la costanera con el monumento a la Perla (principal producto económico de la ciudad antes del descubrimiento del petróleo) y el museo de Arte Islámico.

El contraste es imposible de procesar al conocer la ciudad durante los primeros días. En el norte, el distrito Al Dafna apila hoteles de lujo entre avenidas siempre vacías, sin siquiera veredas para caminar. Es imposible encontrar un negocio o restaurant abierto en la calle una vez que oscurece.

Mientras que en el sur de la bahía la noche es interminable. Los turnos de trabajo se hacen eternos y los trabajadores recién regresan a sus hogares muchas horas más tarde de la caída del sol. Y allí mismo estarán a la mañana siguiente a primera hora para volver a ponerle el cuerpo a la indetenible maquinaria constructora que moviliza al país.

El overol azul con cintas reflectantes fluorescentes amarillas parece ser el uniforme oficial para cualquiera que camine por la calle o use transporte público (que hasta hace poco estaba prohibido para las mujeres, y recién ahora se incluyeron asientos reservados para ellas en los autobuses locales). Para la élite local y los trabajadores occidentales (generalmente en cargos jerárquicos), la vida es en auto, por avenidas y autopistas, y yendo desde un lugar cerrado con aire acondicionado al siguiente, ya sean edificios corporativos, hoteles o shoppings.

En medio de esta ciudad partida en dos, el espacio público parece una maqueta. Las calles y parques del trazado urbano carecen de todo tipo de vida social. Mientras que las minorías corporativas y monárquicas están aisladas en sus burbujas de lujo y modernidad, la mayoría inmigrante ni siquiera tiene tiempo para el ocio por fuera del las jornadas laborales maratónicas. Doha es una ciudad fantasma durante las primeras 18 horas del día, y comienza a ser recorrida por algunos pocos turistas cuando baja el sol y el calor se hace menos agobiante.

Al estar bajo la jurisdicción del Ministerio del Interior, no de Trabajo, los inmigrantes no gozan de los beneficios de los trabajadores locales; como poder sindicalizarse o iniciar juicios laborales. El empleador privado dispone de las visas de residencia y de trabajo del inmigrante, lo cual le da un control sobre su vida en el país. Abandonar el lugar de trabajo sin permiso es considerado una infracción que puede ser penalizada con la cancelación de la visa, y eventualmente la deportación e incluso la prisión, aún si el trabajador está siendo víctima de abuso laboral o ha dejado de percibir su salario.

Otros excesos de autoridad por parte de los empleadores incluyen confiscación de teléfonos celulares, o las tarjetas de cajero automático con el que los trabajadores retiran sus sueldos, así como la obligación de pagar entre 700 y 2600 dólares como “tarifa de contratación” previa a ser efectivo el empleo. Los “sponsors” pueden a su vez intercambiarse las visas de trabajo de sus empleados, y obligarlos a pasar a otro aún si este tiene peores condiciones o menor salario. Los inmigrantes se ven obligados a aceptar estos abusos ya que de su kafeel depende su estatus legal en el país, y puede revocarlo arbitrariamente.

Puritanismo policial

Los inmigrantes deben adaptarse además a las estrictas reglas políticas y morales impuestas por la ley wahhabi, versión puritana del Islam que rige tanto en Qatar como en Arabia Saudita. El férreo control policial regula en la calle desde lo que pueden hacer los turistas (a quienes se les indica, por ejemplo, dónde y qué tipo de fotografías pueden tomar) hasta las relaciones de género. El sexo pre matrimonial es delito, lo cual da a la policía permiso para detener un auto o un taxi si en él van juntos un hombre y una mujer para controlar si están casados o no, lo mismo si van de la mano por la calle.

La situación de las mujeres trabajadoras inmigrantes es especialmente vulnerable. En su mayoría son contratadas en el sector de hotelería y servicios como personal de recepción o limpieza. Las empleadas domésticas suelen ser víctimas de abuso sexual, el cual no se animan a denunciar por miedo a represalias por parte de su “sponsor”. Hubo incluso en Qatar casos de trabajadoras extranjeras víctimas de violación que fueron condenadas a prisión por considerarse sexo extramarital.

Consultada para esta investigación, una trabajadora filipina que se desempeña en un cargo corporativo reconoció que si bien no ha sufrido tales abusos, su vida debe transcurrir entre el trabajo y su casa. La empresa estatal se encarga del transporte y del alojamiento, y hasta controla el fondo de pantalla de su computadora: debe ser la icónica imagen del emir Tamim bin Hamad Al Thani, máxima autoridad del país, que a partir de la crisis diplomática que en 2017 enfrentó a Qatar con sus países vecinos se volvió omnipresente en todo el país.

En junio de 2017 Qatar fue acusado de promover y financiar organizaciones terroristas por parte de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Bahrein; a quienes se sumó también Egipto. El aislamiento regional que sufre desde entonces por el bloqueo impuesto por estos cuatro países generó a la vez un movimiento de apoyo fanático y personalista hacia su líder, y un mayor acercamiento hacia Occidente en el plano internacional.

El diseño en blanco y negro bautizado “Tamim Al Majd” (“Tamim es gloria”), creado por el artista Ahmed bin Majed Almaadheed, se convirtió en la insignia obligatoria en todo Doha: desde un rascacielos hasta la puerta de un kiosco, graffitis, murales, lobbys de hoteles, laptops de periodistas o remeras.

Las dos compañías de telefonía celular que operan en Qatar (Ooredoo y Vodafone) cambiaron el nombre de su red a “Tamim Al Majd”. La misma imagen y slogan se repiten en el transporte público y taxis (de control estatal), así como en todos los edificios públicos.

Con las fronteras de sus vecinos cerradas (Arabia Saudita, EAU y Barhein expulsaron en 2017 a toda la población catarí residente y prohibieron desde entonces la entrada y salida de cualquier persona proveniente de este país); Qatar busca posicionarse como el país del Golfo más abierto a Occidente. Para ciudadanos europeos y americanos no es necesario tener visa para ingresar, y tanto turistas como trabajadores occidentales reciben un trato preferencial en comparación a los asiáticos o africanos.

Un informe de este año de la ONU concluyó que el racismo en Qatar se evidencia en las diferencias salariales en trabajadores de todos los niveles de ingresos, según el lugar de procedencia. Incluso quienes poseen títulos universitarios han sido relegados a puestos más bajos, asociados a su origen étnico o pertenencia racial.

La monarquía absolutista de la familia Al-Thani continúa utilizando al deporte como eje de sus relaciones internacionales y de acercamiento a Occidente. Tamim Al-Thani es además el presidente del Comité Olímpico del país, y creador de la Qatar Sport Investiments, patrocinadora del F.C. Barcelona y propietaria del Paris Saint Germain.

El alto perfil promovido por el monarca, muy aficionado al deporte, hizo que los organismos internacionales de Derechos Humanos también presten más atención al sistema laboral que ha permitido la construcción de toda la infraestructura necesaria para darse sus gustos.

Qatar ha dado señales durante este año de aplicar reformas en el sistema de kafala, que apuntan a disminuir los perjuicios hacia minorías étnicas y mujeres migrantes. El escrutinio internacional, incluida la FIFA, ha presionado para que el país se comprometa a abolirlo antes de 2022, fecha en que los ojos del mundo estarán mirando hacia Doha.

Si se trata de un verdadero cambio estructural o una movida de imagen y relaciones públicas, sólo se podrá saber cuando la pelota haya dejado de rodar por el calor del desierto.

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Fuentes consultadas:

Council on Foreign Relations: What is the Kafala System?

Humans Rights Watch: Qatar: escasos avances en la protección de los trabajadores inmigrantes

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